About Felipe Contreras San Francisco

Mi nombre es Felipe Contreras San Francisco; soy de formación traductor, de profesión corrector y de vocación bombero sintáctico.

Representación gráfica del prefijo micro-

El sistema internacional de unidades (SI) es un compendio de resoluciones de normalización a nivel transnacional establecidas con el fin de expresar magnitudes y cantidades de manera uniforme, objetiva y precisa; nació formalmente en 1960 como fruto del consenso sobre metrología auspiciado por el Bureau International des Poids et Mesures (BIPM), con sede en la localidad francesa de Sèvres.

Pavillon de Breteuil, sede del BIPM

Pavillon de Breteuil, sede del BIPM. Tarjeta postal fechada hacia 1900 (imagen: Les amis des Sceaux).

 Reglas básicas de composición

Desde ese año, para formar los múltiplos y submúltiplos de las unidades del SI se emplean una serie de prefijos. Cada uno de estos prefijos va soldado al nombre de la unidad a la que modifica (p. ej.: miligramo, kilopascal, picofaradio); de igual modo, en su notación científica el símbolo correspondiente al prefijo va unido al símbolo de la propia unidad formando un nuevo símbolo: mg para el miligramo, kPa para el kilopascal, pF para el picofaradio.

Ni los prefijos ni su símbolo correspondiente tienen vida independiente fuera de su unidad de medida. De hecho, ni siquiera pueden combinarse entre sí: no se permite recurrir a, pongamos por caso, el «kiloyotta» («kY») para fabricar un nuevo prefijo ad hoc para el factor 27 (103 × 1024 = 1027).

Tabla de prefijos del SI

Prefijos para representar múltiplos y submúltiplos de las unidades del sistema internacional. Imagen: BioEdición TEAM. CC-BY.

Respecto a la última columna de la tabla, cabe observar, a efectos mnemotécnicos, que:

  1. Todos se escriben siempre con caracteres rectos (no cursiva), «independientemente del tipo de letra del texto adyacente» (SI, p. 32).
  2. Se forman con la primera letra del nombre del prefijo excepto para deca- (da), que toma las dos primeras.
  3. Los mayores, desde yotta- (Y) hasta mega- (M), se grafían de mayúscula y, de ahí hasta el final, de minúscula.
  4. Todos los caracteres pertenecen al alfabeto latino excepto el que representa el prefijo micro-.

Sobre las consecuencias editoriales de este último punto versará el presente artículo.

El prefijo micro- en medicina

Desde 1967, año en que se celebró la 13.ª Conferencia General de Pesas y Medidas del BIPM, el prefijo micro-, que corresponde a la millónesima parte (106) de una unidad, se representa con el signo µ. Hasta ese momento, este signo, basado en la letra griega mi minúscula, se había venido utilizando para representar por sí solo la micra o micrón (un nombre que, a su vez, sería sustituido por el de micrómetro en consonancia con el resto del sistema), pero desde entonces debe utilizarse exclusivamente como símbolo de prefijo y, por tanto, unido siempre a un símbolo de unidad (µg, µL).

Como apuntábamos antes, el hecho de ser el único signo que no procede del alfabeto latino ha causado no pocos quebraderos de cabeza a autores, traductores, editores, maquetadores y correctores de textos técnicos.

De hecho, en el ámbito estrictamente clínico, diversas instituciones recomiendan que no se use este signo a la hora de prescribir medicamentos en recetas escritas a mano; se trataría de evitar posibles confusiones con la m de mili-, que daría lugar a dosis erróneas: nada menos que mil veces mayores. (Y no solo la letra manuscrita tenía sus riesgos; los ordenadores también «se confundían» a veces, como veremos más adelante).

Imagen: David McElroy.

Imagen: Huelga de médicos. David McElroy.

Entre esas instituciones se encuentran la Joint Commission on Accreditation of Healthcare Organizations o el Institute for Safe Medication Practices (ISMP). Estas entidades recomiendan, a través del documento de Abreviaturas «prohibidas» y de la Lista de abreviaciones, símbolos y especificaciones de dosis problemáticas, respectivamente, escribir mcg para microgramo. En 2006, el ISF empezó a colaborar con la Food and Drug Administration para reducir los errores en la medicación causados por abreviaturas confusas. Según datos de otra organización independiente y sin ánimo de lucro, el Institute of Medicine, estos errores eran responsables por aquellas fechas de más de 7000 muertes anuales.

Por otro lado, ni el signo micro ni los caracteres griegos suelen estar accesibles de manera directa desde los teclados occidentales: otra razón que ha contribuido a que muchos médicos han extendido y extienden esta práctica a sus informes clínicos y a sus manuscritos digitales. Otros autores recurren a la letra u y escriben, por ejemplo, ul para mililitro, ug para microgramo, etc. Se da la circunstancia de que es esa letra, la u, la que la CGPM venía recomendando para la unidad de masa atómica unificada hasta que fue sustituida por el dalton (Da).

Bien es cierto que ni el empleo de mc ni el de u pueden considerarse ortodoxas, pero sí son seguras para el paciente y como tales no son censurables siempre que se empleen solo en entornos sanitarios. En otros ámbitos —por ejemplo, cuando se trata de documentos para publicación— conviene que maticemos un poco…

  • En las fases editoriales tempranas no supone mayor problema –y, de hecho, puede ser recomendable– usar las grafías latinas ya que seguramente en el departamento de prepublicación cuentan con las herramientas de software adecuadas para la corrección automática de esas cadenas de texto. (En cualquier caso, nunca está de más una advertencia inicial por parte del autor.) ¿Por qué decimos que puede ser recomendable? Es cierto que el usuario medio suele disponer de equipos relativamente modernos con sistemas operativos compatibles; pero también es cierto que en grandes organizaciones como universidades, laboratorios multinacionales, etc., han de operar con su propia red (intranet) y sus propios protocolos (a veces, muy antiguos) de transferencia de archivos.
  • Justo antes de imprimir, o de publicar en medios electrónicos, hay que asegurarse de que se emplea la notación científica más apropiada, que, en este caso —como avanzábamos al principio del artículo—, es la que se basa en la letra griega mi. Adviértase que decimos «se basa en», no «es»; y es que el BIPM no entra en detalles tipográficos, sino que se limita a prescribir un símbolo (no un glifo, o variante formal de un signo). Este matiz da pie a la segunda parte de este artículo, y sobre él nos detendremos más adelante; pero antes os contaremos un caso que trajo de cabeza en más de una ocasión a las «unidades de análisis de desastres» de algunas editoriales e imprentas.

Explicación informática. Errata letal (II)

Si el equipo informático de quien recibe el texto se encuentra ante un carácter no habitual, el procesador puede reaccionar de una de estas dos formas posibles: a) imprimiendo en la pantalla un carácter imposible —un rectángulo en vertical, un rombo en fondo negro con algún signo en blanco, etc.— para que el usuario advierta el problema; o b) interpretarlo equivocadamente en lugar de otro que, por el contexto, también podría ser válido. Si esta circunstancia colisiona con un ciclo de corrección ortotipográfica hostigada por los plazos de entrega o con correctores incautos o advenedizos, la tormenta perfecta está servida.

Lo que vamos a contar a continuación pasaba sobre todo en la era anterior a Unicode, en la era de las páginas de códigos de la que hablábamos en otro artículo.

Una fuente tipográfica habitual de los procesadores de texto, la Symbol, de la que se obtenían los caracteres griegos, asigna al signo de micro la posición decimal 109; esta misma posición es la que otra familia común en sistemas basados en Windows, la Arial, tiene reservada para la letra eme minúscula, la que sirve de símbolo a otro prefijo, el prefijo mili-, el que se emplea, recordemos, para formar unidades mil veces mayores.

 

Captura Symbol 109

Captura de pantalla Arial 109.

Una secuencia resumida de los hechos podría ser como sigue: el autor-científico, tras guardar en unidades en µg o µL su informe-documento, lo envía al editor-gestor, quien se lo pasa al primer corrector-lingüista disponible; y a su vez este, que no entiende de dosis y que tal vez no es todavía suficientemente desconfiado, ve mg o mL y lo da por bueno.

Es fácil adivinar las posibles consecuencias para la seguridad o para un diagnóstico acertado del paciente, esas consecuencias a las que aludíamos en la entrada Errata letal, en este mismo blog.

Como nota técnica, acaso convenga saber que, por fortuna, internamente Microsoft Word no trata la Symbol como una fuente más, sino como una colección de «pictogramas» que él sabe asociar al texto general. Y un paso más allá en la cadena de producción, las últimas versiones de las aplicaciones de composición de páginas —como Adobe InDesign o QuarkXPress—, que son las que se encargan de procesar el archivo digital de Microsoft Word, conocen esa información e importan el texto sin problemas. Sin embargo, en los años noventa del siglo pasado las primeras versiones del programa de Quark Inc., así como las de otros competidores de la época como PageMaker, FrameMaker o Ventura Publisher, no eran tan fiables en cuanto a compatibilidad… y a veces la tostada caía por el lado de la mantequilla.

Panorama

Volvemos a Unicode, el estándar de codificación digital de caracteres del tercer milenio. Cómo decíamos en otro artículo, las cosas han mejorado, si bien aún habremos de detenernos en un par de «escollos» y en cómo los podemos sortear.

Escollo 1. Dos signos para un símbolo: ¿signo micro o letra mi?

El primero es que Unicode reserva dos posiciones (o identificadores), correspondientes a signos diferentes, que se vienen usando indistintamente para representar la millonésima parte de una unidad:

  • El signo de micro. Está incluido en el subconjunto Latin-1 Supplement (PDF) con el nombre de MICRO SIGN y ocupa la posición (en notación hexadecimal) 00B5.
  • La propia letra mi del alfabeto griego. Se incluye en el conjunto del griego tradicional con el nombre de GREEK SMALL LETTER MU y ocupa la posición hexadecimal 03BC.

En las tablas de glifos, el signo y la letra aparecen en posiciones bastante alejadas entre sí. Una pista visual rápida para saber si estamos ante uno o ante la otra consiste en observar su contexto: el signo se sitúa cerca de otras entidades aritméticas, mientras que la letra aparece rodeada de otras letras de su alfabeto, como se observa en la siguiente figura:

Mapa de caracteres de la Arial.

Repertorio de glifos de la fuente Helvetica (fragmento; para hacerse una idea del tamaño de la tabla, obsérvese la barra lateral de desplazamiento, recuadrada en verde). Imagen: BioEdición TEAM. CC-BY.

¿Por cuál de los dos optar? El consorio Unicode, en su informe técnico (UTR) 25, declara que, si bien por compatibilidad con sistemas anteriores mantiene el signo, en contextos compatibles con el estándar recomienda usar la letra:

‘Micro sign’ is included in several parts of ISO/IEC 8859, and therefore supported in many legacy environments where U+03BC μ GREEK SMALL LETTER MU is not available. Implementations therefore need to be able to recognize the micro sign, even though ‘mu’ is the preferred character in a Unicode context.

Escollo 2. Dos glifos para un símbolo: ¿redonda o cursiva?

La segunda dificultad radica nace del hecho de que diferentes diseñadores de tipografías se han aproximado de diferente modo a esta dualidad. Como se ve en tabla siguiente, algunas de las fuentes más venerables, como la Helvetica y la Times, mantienen diseños completamente diferentes para cada signo; otras, como Candara y Times New Roman, optan por pequeñas diferencias en los remates; sin embargo, para la gran mayoría de los fabricantes y diseñadores de tipografías digitales uno y otro carácter muestran idéntica representación visual.

Imagen: BioEdición TEAM. CC-BY

Imagen: BioEdición TEAM. CC-BY.

Sea como fuere, tal y como establecen organizaciones internacionales como la IUPAC o el NIST y como nos recuerda nuestro tipográfo técnico de cabecera J. Bezos, la norma general es que, a diferencia de los símbolos que representan variables físicas –que se deben escribir en cursiva–, los que representan unidades se grafían con caracteres rectos. En el caso que nos ocupa, además, la mi cursiva ya se emplea en física nuclear para representar la magnitud del momento dipolar magnético, por lo que, a efectos prácticos, conviene elegir familias tipográficas que tiendan a la uniformidad de diseño.

Bibliografía y enlaces

[Imagen de apertura: ClipartOf.com/1105342]

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ASCII, páginas de código, UTF…: la Babel digital (I)

Cuenta una leyenda que, hace mucho, mucho tiempo, una multitud de hombres se propuso construir en la llanura de Sinar una torre con la que podrían alcanzar el cielo. Gracias a que por aquel entonces todos los pueblos de la tierra hablaban la misma lengua, las obras avanzaban a buen ritmo. Pero entonces, la divinidad que todo lo ve, al advertir los progresos decidió que esas no eran maneras de conseguir la gloria, así que echando mano de sus superpoderes infundió lenguas distintas entre las cuadrillas de operarios para que no pudieran entenderse entre sí. Lo consiguió, por supuesto, y los hombres, derrotados, suspendieron las obras y se diseminaron por el mundo. A la torre se la llamó Babel, que en hebreo significa ‘confusión’:

Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de los hombres, y desde allí los esparció sobre toda la faz de la tierra. (Génesis 11, 9)

Y en esas estamos hoy. ¿O no?…

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Bienvenidos

Bienvenidos al sitio web de Bioedición. A través de este blog queremos compartir recursos, técnicas y recomendaciones que pueden ser de utilidad a todos aquellos interesados de un modo u otro con la publicación biomédica.

Caricatura de Aldous Huxley

Caricatura de Aldous Huxley (Wikimedia Commons)

Nos dirigimos en primer lugar a los especialistas de cualquier área que intervienen como autores, bien a título individual o bien en representación de un equipo, sociedad médica o laboratorio; y, también, a todos los que trabajan “a este lado” de la cocina editorial: traductores, redactores, revisores, editores de mesa, correctores, maquetadores, etc. Nuestro fin primordial es que todos los agentes que intervienen en los procesos editoriales trabajen de la forma más coordinada posible para evitar o minimizar errores, pasos atrás, retrasos, etc.

Sin embargo, no es la intención de esta bitácora erigirse en “púlpito” desde el que impartir “homilías”; no, de ninguna manera: lo poco o lo mucho que sabemos se lo debemos a nuestra propia experiencia y a lo que de otros hemos aprendido; lo que uno sabe es siempre infinitamente más diminuto que lo que ignora, así que todo comentario que complete, matice o corrija la información expuesta aquí será bienvenido y agradecido.

Como colofón de esta temprana entrada, nos permitimos evocar aquí un pensamiento del escritor y pensador Aldous Huxley:

Se ha avanzado tanto en el conocimiento de las enfermedades, que ya es casi imposible encontrar a alguien que esté completamente sano.

Del mismo modo que los médicos tratan pacientes, nosotros los editores tratamos los textos de los médicos…; y sí, a nosotros nos pasa un poco como a estos: cuanto más sabemos de sintaxis, más nos cuesta encontrar frases sintácticamente impecables.

El equipo de Bioedición

Errata letal

Ya lo dejó dicho Mark Twain: «Be careful about reading health books. You may die of a misprint». Si quiero traducir mecánicamente al español la advertencia del escritor estadounidense, puedo leer en mi mente algo así como «Tenga cuidado cuando lea libros de medicina; podría morir por una errata».

Sin llegar a la posibilidad de un desenlace tan luctuoso, sí me gustaría concienciar a todos los que participan en la publicación biomédica sobre los peligros de una redacción descuidada en cualquier escrito relacionado con la salud de las personas. No ya por el peligro de muerte (que también), sino por el riesgo de que un hallazgo potencialmente interesante para la comunidad científica y para la sociedad naufrague antes de zarpar.

En un próximo artículo hablaré de un caso que trajo de cabeza a cierto director editorial y su laboratorio cliente: ¿aquello había sido intento de envenenamiento o simple descuido?

Continuará…

Publicación del ‘Diccionario de Términos Médicos’

Este otoño está previsto que llegue a las librerías españolas y latinoamericanas el Diccionario de Términos Médicos, de la Real Academia Nacional de Medicina (RANM). La obra, que aspira a convertirse en la gran obra de referencia en la lexicografía médica en lengua española (Boletín núm. 7 de la RANM, p. 23), se dirige, como es de suponer, a:

  • profesionales biomédicos y estudiantes de ciencias de la salud
  • especialistas de otros campos afines, como psicólogos, biólogos o químicos
  • expertos en comunicación científica, redactores, traductores, periodistas, técnicos editoriales, correctores, etc.
Operación de normalización ortográfica en un procesador de textos típico (Microsoft Word v. X para Mac).

 

Los datos

El ambicioso proyecto, que echó a andar el 20 de enero de 1998, cuenta con el patrocinio de la Fundación Mutua Madrileña y con la colaboración de la Fundación Ramón Areces. El director académico es el profesor Hipólito Durán, mientras que la coordinación técnica corre a cargo de Fernando A. Navarro. El proceso de producción editorial en papel se ha encomendado a la editorial Panamericana, a la vez que desde la Academia se trabaja en el desarrollo de plataformas de difusión electrónica.

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La producción editorial. Definición

La producción editorial puede entenderse como el conjunto de procedimientos normalizados sucesivos que permiten convertir el manuscrito de un autor en un prototipo capaz de ser difundido en cualquier soporte.

Manuscrito con correcciones.

Manuscrito Un corazón sencillo, antes de ser publicado por Flaubert en 1877. Fuente: Wikimedia Commons.

Antes de entrar en la editorial, el contenido habrá sido sometido por el autor a un intenso proceso de enmiendas, alteraciones, adiciones, supresiones y cambios de lugar conocido con el nombre de escritura. Con este proceso se pretende organizar y plasmar por escrito la información que se desea transmitir, es decir, el mensaje.

Una vez terminada esta fase, los documentos y materiales complementarios que componen el manuscrito cambian de manos. Lo que para él constituye (desde el punto de vista de la creación) un punto final representa para los técnicos editoriales el punto de partida; por eso lo llaman original. Editores y correctores, como conocedores expertos de las claves lingüísticas y de las convenciones gráficas, y sin entrar en la veracidad de las ideas vertidas, depuran el código para que la comunicación con el destinatario final sea óptima. El objetivo último es que el lector descifre cabalmente y en la primera lectura la intención del escritor, y para lograrlo es fundamental:

  1. eliminar el “ruido” (RAE, 5) que, generado durante la escritura, entorpece la lectura; y
  2. depurar el mensaje original para dotarlo de unidad, coherencia, rigor y eficacia expresiva.

Tal vez el término ‘producción’ induzca a confusión. En rigor, su cometido no es producir algo nuevo, no es crear, sino más bien adaptar a unos protocolos preestablecidos unos contenidos ya creados. Esa tarea de adaptación incluye estructurar, unificar, normalizar, corregir y componer.

Si entendemos la edición en su sentido más amplio como una “traducción” de las convenciones de la escritura a las convenciones del lenguaje escrito para publicación, unas sencillas y sabias palabras de Valentín García Yebra aparecidas en su libro Experiencias de un traductor (2006) cobran un valor incalculable para nosotros los editores. El académico y maestro de traductores decía así:

La regla de oro para toda traducción es […] decir todo lo que diga el original, no decir nada que el original no diga, y decirlo todo con la corrección y naturalidad que permita la lengua hacia la que se traduce.

Transcripción y traducción de “L’oeil du correcteur”

La agencia francesa de corrección CorrectMot dio a conocer en enero de este año un estudio de seguimiento ocular (eye tracking) aplicado a la corrección de textos. La intención del experimento era comparar mediante una prueba de revisión los diferentes resultados en cuanto a eficacia entre un corrector profesional, con formación específica para esa función editorial, y un periodista, también experto en comunicación escrita como el primero pero sin especialización en la enmienda de textos ajenos.

El estudio había sido encargado a la empresa Miratech, especializada en el análisis cognitivo del internauta y sus movimientos oculares ante la pantalla, y se plasmó en un revelador vídeo (2’42’’) que demuestra la necesidad de aplicar una estrategia metódica de lectura para tratar de detectar errores de la escritura.

La experiencia me ha parecido tan esclarecedora que me he tomado la molestia de transcribir la narración y traducirla para que pueda llegar a más gente. He incluido el minutado por si alguien se anima o subtitularlo o doblarlo.

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